DP Navarrete

Cuentos y demases de DP Navarrete

Escritor aficionado chileno. Crecí influenciado por Stephen King, Tolkien, J.J. Benitez, hasta q decidí lanzarme a la aventura de compartir mis relatos con el mundo.

Canción de Dolor y Esperanza - Parte III

Escrito por Dpnavarrete 11-09-2015 en Relato. Comentarios (0)

Tratando de calmar a la aterrada familia y a mí mismo, no hallé nada mejor que encender la tele, esperando encontrar algo que lograra distraerme un poco del caos que nublaba mi razón. Necesitaba recuperar el dominio de mi ser para poder ayudar y atender a esos niños, además de preocuparme por las infecciosas ampollas que empezaban a crecer en mi cuello y en la frente de su madre.

Me quedé parado frente al televisor, mientras mi mente divagaba entre plegarias improvisadas y las chocantes imágenes de lo que estaba ocurriendo afuera. No fue hasta que la mamá de los pequeños dijo algo respecto a lo que pasaba en la pantalla que me di cuenta que estaban dando las noticias. Unas noticias tan desquiciadas como lo que estábamos viviendo.

Lo único que aparecía escrito era “en vivo desde Santiago”, mientras de fondo se podía ver una vista aérea de la capital, principalmente del cerro San Cristóbal, donde incontables luces flotaban alrededor de la estatua de la Virgen del Carmen. Más y más luces iban apareciendo alrededor de la cima del cerro, ante el silencio del o la periodista que no encontraba las palabras para narrar lo que ocurría frente a sus ojos.

Y de pronto un fuerte destello resplandeció en la base del santuario y la blanca estatua que por años coronó la capital con sus brazos abierto como una madre que ofrece su amor incondicional a sus hijos, se derrumbó por completo, rodando por la ladera del cerro hacia el costado sur de la ciudad, despedazándose mientras desaparecía entre el tupido bosque del Parque Metropolitano.

Como si aquella blasfema destrucción no fuera suficiente, un nuevo destello de luz, mucho más grande que el anterior, estalló sobre la cumbre del San Cristóbal, bañándolo en salvajes lenguas de fuego que arrasaron con todo a su paso con una violencia tal que interrumpió la transmisión y la pantalla se volvió completamente azul, mientras un mensaje en letras verdes aparecía en la esquina superior derecha indicando que se había perdido la señal, sumiéndonos aún más en la incertidumbre.

No sabía qué hacer ni qué creer, lo que estaba ocurriendo escapaba completamente de mi comprensión. Trataba de refugiarme en la oración, pero las palabras no acudían a mi llamado y mi fe se tambaleaba ante la locura incesante que nos envolvía con su manto de desolación.

La madre de los niños tenía abrazados a sus dos pequeños, moviéndose adelante y atrás, tratando de calmarlos con un suave canto que yo no alcanzaba a comprender. Los tres estaban en el suelo, al lado del librero en el que mi mamá guardaba su preciada colección de novelas de Corín Tellado. Desde ahí la mujer me miró con sus ojos desorbitados, esperando que pudiera darle una respuesta, una palabra de ánimo ante la adversa situación en la que nos encontrábamos.

Pero mi mente estaba en blanco.

Abatido como estaba, lo único que atiné a hacer fue dejarme caer pesadamente sobre el sitial en el que había fallecido mi viejita apenas unos momentos atrás, enterrando mi cara en ambas manos para tratar de esconderme de la realidad.

Sin embargo, la realidad se negaba a darme tregua.

Una larga tanda de balazos irrumpió en las penumbras, seguida de gritos a los que prontamente se unieron otros balazos y otros gritos. La mamá de los niños los dejó donde estaban, ordenándoles que se quedaran en el lugar y guardaran silencio, a pesar de que el más pequeño había comenzado a llorar escandalosamente. Lenta y cuidadosamente, la mujer se acercó a mirar por la ventana, observando en todas direcciones.

Desde donde yo estaba, pude ver el resplandor de un relámpago que hizo que la señora saltara hacia atrás, cayera al suelo y se arrastrara hasta sus hijos completamente aterrada.

-¡Padrecito, nos llegó la hora! –dijo con un grito que me heló la sangre-. ¡Se acabó todo!

Sin poder ni querer comprender lo que decía, me paré de un salto para acercarme a ella, pero me quedé paralizado como una estatua al ver lo que comenzó a ocurrir entonces.

La mujer se puso de pie como si hubiera sido levantada por cables invisibles que la levantaban desde los hombros y que la obligaban a abrir completamente los brazos y echar la cabeza hacia atrás. Sus horrorizados hijos se apretaban con fuerza contra sus piernas y al mirarlos bien me percaté de que ella flotaba unos cuantos centímetros en el aire.

-¡Por Dios!

Saqué fuerzas de donde pude y corrí hacia la mujer, trayendo su rostro al frente para averiguar qué ocurría e intentar hacerla reaccionar. Tenía los ojos cerrados y podía notar la tensión en su mandíbula y el crujido de sus dientes por lo fuerte que tenía cerrada la boca.

El insoportable llanto de los niños y la tensión que me tenía al punto del colapso hicieron que mi paciencia se acabara por completo, dejando salir mi miedo y frustración.

-¡Cállense! –grité con toda la fuerza que pude para hacerme oír por ambos hermanos- ¡Cállense!

-Cállense.

Un escalofrío recorrió mi espalda al reconocer la voz de la mujer, a pesar del tono gutural y arrastrado con el que acababa de hablar. Lentamente me volví a mirarla, aún sostenía su cara entre mis manos cuando me enfrenté al mayor terror que jamás haya experimentado.

Ella tenía los ojos abiertos, pero se habían tornado de un raro color amarillento que me erizó la piel. Sonreía con una extraña mueca y de su boca escapaba un nauseabundo olor, similar al que expelía la sangre que había salido del baño.

Una macabra risa escapó de la garganta de la mujer, una risa antinatural, diabólica y llena de maldad que me hizo retroceder, agarrando a los niños de la mano para llevarlos conmigo, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse junto a su madre.

Las paredes de la casa comenzaron de pronto a temblar y vi como un cuadro de Jesús en la cruz cayó al suelo haciéndose añicos, seguido de un crucifijo que saltó desde la mesita de centro hasta rodar por debajo del sofá. Oí el sonido de otras cosas al caer y romperse, y entonces una parte de mi cerebro me hizo ver qué era lo que estaba ocurriendo.

-Padre Nuestro, que estás en el Cielo… –comencé a orar, retrocediendo sin soltar a los niños.

-…Santificado sea Tu Nombre –prosiguió el ser demoniaco que invadía el cuerpo de la mujer que tenía ante mí.


Canción de Dolor y Esperanza - Parte II

Escrito por Dpnavarrete 09-09-2015 en Relato. Comentarios (0)

La gente veía horrorizada a unos extraños seres de plata que cruzaban el cielo en sus feroces cabalgaduras, cubriéndolo todo con su aura oscura y pestilente que hacía que árboles y plantas se marchitaran hasta podrirse, mientras que hombres y animales sufrían distintos tipos de llagas, como si el aire quemara sus pieles, causando estragos en sus cuerpos. Más tarde descubriría que aquellos que tuvimos la suerte de permanecer bajo techo sufrimos menos dolor por estos males que caían sobre el mundo y las consecuencias que trajeron sobre nosotros fueron mucho menos crueles.

Sin embargo, aquella no era la única maldición que comenzaba a asolar a la humanidad.

Alertado por los gritos de terror que oía desde afuera de la casa y a la vez preocupado por las extrañas laceraciones que aparecieron de pronto en mi cuerpo y en el de mi madre, me asomé a mirar por la ventana, atestiguando la calamidad que reinaba en el exterior. Como muchos otros, salí casi por inercia a intentar ayudar a los pobres desdichados que se retorcían de dolor profiriendo alaridos infrahumanos, pero pronto me di cuenta que no había mucho que hacer, que lo que fuera que los había infectado era tan letal que en cuestión de minutos morían sin remedio, llenos de heridas supurantes y en extrañas posiciones debido a los fuertes estertores que los llevaban a doblarse de maneras inimaginables.

Aquellos que como yo habíamos sido afectados de menor manera, aterrados por la posibilidad de llegar a sufrir los mismos destinos de quienes yacían por doquier sobre las calles, nos reunimos y partimos en busca de cobijo dentro de las casas más cercana. A la mía, me siguió una señora con sus dos hijos pequeños, los tres llorando aterrados aún por el lúgubre espectáculo que acababan de presenciar. Los hice entrar y les pedí que se acomodaran donde pudieran, mientras tomaba en brazos el cuerpo de mi madre para transportarla a su dormitorio y dejarla sobre su cama. Ya habría el momento para darle santa sepultura, pero ahora debía enfocarme en ayudar a quien más pudiera, no podía abandonarlos a su suerte y confiaba en que Dios me diera la fuerza y la entereza para sobreponerme a la pena que estrujaba mi corazón.

La mamá de los niños, una señora delgaducha de no más de cuarenta años, me miró en silencio. Sólo ella se dio cuenta de lo que acababa de hacer y noté en sus ojos un silente “lo siento”, al cual respondí con la mejor sonrisa que pude, mientras nos dedicábamos a atender a los niños.

El más pequeño, un gordito de tres o cuatro años, lloraba amargamente, sujetándose con su manito el brazo derecho, pegado a las piernas de su madre. El otro, que ya tenía seis años, estaba sentado en un sillón, evidentemente choqueado, con la vista fija en el suelo.

-¿Me dejas ver? –le dije al más chico, mientras la mamá le acariciaba su cabecita.

El niñito no dejaba de llorar y se resistía a que le examináramos el brazo, por lo que entre la señora y yo empezamos a tratar de distraerlo para que ella pudiera arremangarle la manga y dejar al descubierto la causa de su dolor.

Ambos contuvimos una exclamación de sorpresa al ver la enorme ampolla amarillenta que cubría el antebrazo derecho del pequeñito, desde su codo hasta la muñeca. Tenía la piel inflamada y parecía a punto de reventar y dejar salir todo el fluido que había bajo ella, por lo que me apresuré en ir a buscar unas vendas y unos paños limpios que mi mamita siempre mantenía en su velador, indicándole a la mamá del niño que lo llevara al baño y le pusiera el bracito bajo el chorro del agua, esperando que eso alivianara en algo su dolor.

Sin embargo, mientras buscaba los elementos de primeros auxilios, la señora profirió un estridente grito que me hizo volver sobre mis pasos para ver qué estaba pasando, pensando que podía deberse a que la ampolla acababa de reventarse.

Pero jamás esperé ver lo que ocurría en el baño.

La señora estaba pegada contra la pared, con su niño abrazado como si intentara evitar que viera algo horrible que ocurría delante de ellos, mientras me señalaba temblorosamente el lavamanos.

Y es que la llave estaba abierta, pero no salía de ella ni una sola gota de agua. Muy por el contrario, lo que provenía desde las cañerías era un líquido rojizo y pegajoso que manchaba la blanca porcelana dejando cuajos más oscuros que comenzaban a tapar el sumidero.

-¡Jesús, María y José!

Se trataba de sangre, sangre espesa que caía a borbotones sobre el lavamanos, acompañada de un fuerte olor a putrefacción.

Tapándome la nariz con una mano me acerqué a cerrar la llave, haciéndole señas a la señora para que saliera y se fuera al living. No pude evitar las nauseas que se apoderaron de mí, provocándome arcadas que casi me hicieron vomitar. Salí del baño y cerré la puerta, luego fui a la cocina y me encontré con la misma desagradable sorpresa al abrir la llave del lavaplatos, por lo que la cerré de inmediato.

Entonces el sonido de un lejano trueno me hizo dar un respingo.

Ya agotado por la tensión, me acerqué casi como un zombi a la ventana, justo para ver como unos rojizos nubarrones cubrían el cielo, soltando una sanguinolenta lluvia que empezó a teñir todo el mundo de escarlata

Canción de Dolor y Esperanza - Parte I

Escrito por Dpnavarrete 08-09-2015 en Relato. Comentarios (0)

Lo primero fueron las pestes.

Para todo el mundo fue difícil asimilar lo que ocurría, incluso después de que los sucesos y sus consecuencias eran indudablemente concretos.

Todo comenzó un día domingo, después de la misa de las nueve. Las catequesis empezaban en dos semanas más, así que tenía todo el resto de la tarde libre, pues no había más actividades en la parroquia aquel día. Un momento perfecto para disfrutarlo con mi madre.

Salí de la oficina pastoral, cerrando con llave la puerta. Se trataba de una pequeña casa refaccionada años atrás por los mismos feligreses para que la gente que se encargaba del trabajo administrativo de la parroquia tuviera unas dependencias en las cuales poder dedicarse a sus tareas. Yo había llegado apenas un par de meses después de la inauguración, por lo que no alcancé a participar del proyecto, pero ahora tenía muchos más en mente esperando a que se abriera la posibilidad de traerlos a luz.

Me cambié rápidamente la sotana por un cómodo buzo deportivo y mientras pensaba distraídamente en todas las ideas que tenía para futuro, llegué al estacionamiento de bicicletas donde yo guardaba la mía, al igual que todo aquel que quisiera venir pedaleando a oír la misa. Claro que debido a la hora, sólo mi vieja Oxford color verde oscuro esperaba fielmente a su dueño.

Me coloqué el casco que tenía amarrado en el mismo manubrio y eché a andar a la casa de mi mamá a sólo unas diez cuadras de la parroquia, circulando tranquilamente entre el tráfico, dándome tiempo de saludar a todos los que me reconocían como el sacerdote del pueblo. Subí por la calle principal y ya al final de mi trayecto doblé a la izquierda en una calle que aún era de tierra, sintiendo el cambio al pasar del pavimento a la gravilla suelta.

Entonces un fuerte temblor me hizo detenerme a trastabillones, mientras un rugido atronador que parecía proceder de todas partes comenzaba a saturarlo todo. No sé si habrá sido cosa de segundos, horas o minutos, pero el poderoso movimiento telúrico se me hizo eterno, obligándome a bajarme de la bicicleta para no caer al suelo enredado en ella.

Cuando finalmente el mundo dejó de sacudirse y todo pareció volver a la normalidad, un extraño e irracional temor comenzó a apoderarse de mí y fue aumentando a medida que veía que la gente salía de sus casas tan aterradas como yo me sentía, mirando en todas direcciones como intuyendo la presencia de un peligro que acechaba sin que nadie lo pudiera ver.

En tanto las calles comenzaban a llenarse de personas aturdidas y atemorizadas, y el ambiente se llenaba de aullidos de perros, y gatos y aves y todos los animales, mascotas o no, parecían huir despavoridos sin un rumbo fijo, causando aún más temor entre sus dueños, quienes los miraban como si supieran que aquello era un mal augurio sobre lo que se avecinaba.

De pronto recordé a mi mamá. El temor se hizo más grande al imaginarla sola y aterrada en la casa que únicamente compartía conmigo, sin saber qué hacer y luchando por mantener a raya las dolencias cardiacas que la afectaban desde hacía años. Apurado, me monté de nuevo en mi bicicleta y partí a toda velocidad esquivando a la gente que seguía inmóvil mirando a su alrededor sin dar crédito a lo que pasaba.

-¡Padre, padre! –gritó alguien por ahí, pero no le presté atención y seguí con mi afanoso pedaleo.

Cuando finalmente llegué a mi destino, bajé apresuradamente de la bicicleta, dejándola caer al suelo sin preocuparme por ella mientras corría a toda velocidad para cruzar la puerta de la reja y recorrer los cinco interminables metros de patio que la separaban de la casa.

-¡Mamá! –grité buscando en los bolsillos hasta dar con la llave de la puerta.

No obtuve respuesta desde el interior y eso hizo que mi torpes dedos dejaran caer las llaves al suelo, las que emitieron un burlesco replicar.

Cuando finalmente logré abrir la puerta y entrar a la casa, mis ojos no pudieron dar crédito a lo que vi en su interior.

-¡Dios mío! –fue todo lo que pudo salir de mi boca.

Mi madre, una adorable mujer de pelo corto y casi todo cubierto de canas, estaba sentada en el sitial donde solía ponerse a tejer, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos y la boca abiertos de par en par, inmóvil, como una estatua de cera.

Me acerqué lentamente a ella, implorando al Señor que me despertara del horrible sueño que estaba viviendo, que me devolviera al instante en que salía de la parroquia y llegaba tranquilamente a casa. Pero nada de eso ocurrió.

Me incliné sobre el cuerpo sin vida de mi madre y con sumo cariño cerré sus párpados. Sólo entonces me percaté que entre sus manos sostenía el crucifijo de madera que yo le había regalado tiempo atrás, apretándolo contra su pecho, como si sus últimos segundos de vida los hubiera pasado rezando con la inamovible fe que la caracterizaba.

Me arrodillé junto a ella, llorando la dolorosa pérdida que acababa de sufrir, tomando sus laxas manos entre las mías para elevar una plegaria a los Cielos, suplicándole a Dios que la recibiera en su seno.

Más tarde entendí que mi amada viejita se había ido en el mejor momento, pues lo que estaba por ocurrir era demasiado cruel para un alma tan buena como la suya.

Pues afuera, mientras yo vaciaba toda la tristeza que había en mi corazón, comenzaban los tiempos de tribulación y desolación, y la muerte comenzaba a apoderarse del mundo entero.


Hola otra vez

Escrito por Dpnavarrete 04-08-2015 en Noticia. Comentarios (0)

En un intento de hacer conocida mi obra y abrirla a un público más amplio, he decidido lanzarme a la aventura de autopublicar en Amazon. Para todos aquellos que se interesen en conocer las aventuras de Asmodeo, les dejo el link en el que Réquiem de los Cielos estará disponible como ebook: 

http://www.amazon.com/dp/B013D7A93E


Inicia el Requiem

Escrito por Dpnavarrete 14-07-2015 en Relato. Comentarios (0)

Muy bien, para todos quienes se han dado un tiempo para leer Preludio y quedaron esperando un final más definitivo, les informo que el final de toda esta historia está en una novela en la que aún estoy trabajando y que lleva por título "Réquiem de los Cielos", cuya primera parte, "Obertura", va de la mano de los sucesos acontecidos en Preludio, abordando la historia del demonio Asmodeo, Señor de la Lujuria, el cual emprenderá su propia cruzada contra Dios y contra los demás ángeles caídos cuando sucumba ante los encantos de una mujer mortal.

Así pues, a modo de introducción, les dejo el prólogo de "Obertura", las primeras páginas que dan inicio al Réquiem de los Cielos:

Prólogo

El tiempo hace mucho que dejó de importarme.

En un principio, cuando fuimos derrotados y expulsados de nuestro legítimo reino, cada instante en este lugar era como una pesadilla interminable. Siempre lamentando nuestra desgracia, siempre destrozados por nuestra pérdida.

Pero nuestro gran líder, Lucifer, quien alguna vez fuera el preferido de Él, nos reunió y lejos de mostrarse derrotado, con un orgullo abominable nos levantó y rescató del abismo de pesadumbre y desolación en el que nos encontrábamos. Así, decidimos continuar nuestra lucha, pero mientras el Hijo estuviera sentado a la diestra del Padre, no seríamos lo suficientemente fuertes para enfrentarnos abiertamente a sus legiones.

Y Lucifer cambió de estrategia.

En lugar de desgastarnos eternamente en una guerra que jamás podríamos ganar, comenzamos una lucha silenciosa por destruir el proyecto más ambicioso de toda la Creación, aquel que le otorgaba el eterno e inagotable poder de la fe al Todo Poderoso.

Destruiríamos al Hombre.

Sin embargo, agotados y aun dolidos por la derrota infringida, ni siquiera los reyes dentro de los Caídos nos atrevíamos a viajar a Edén, sabiendo que Uriel lo custodiaba desde el sol, siempre atento, con su espada al cinto, con la orden de defenderlo a toda costa.

Entonces, el más noble y valiente de nosotros, el mismísimo, se ofreció voluntariamente para emprender tamaña empresa y, sin dudarlo, se infiltró en el Jardín, poseyendo una ponzoñosa serpiente para usarla cual afilada daga contra el corazón de la Creación. Con seductoras palabras logró convencer a Eva de que comiera del Fruto Prohibido y, antes de que el Padre se diera cuenta, envenenó a los primeros humanos con la llama de la individualidad, haciéndoles tomar conciencia por primera vez de su propia existencia como seres físicos.

Pero el precio de esa victoria fue demasiado alto.

Uriel descubrió el engaño y alertó a Miguel, quien cayó con toda su furia sobre Lucifer. El que alguna vez fuera subordinado, ahora era exaltado por la gracia del Padre y del Hijo, lo que le daba una enorme ventaja sobre nuestro líder, quien mantuvo una estoica resistencia a las arremetidas de su rival, cayendo heroicamente derrotado y siendo enviado a una prisión de llamas y dolor.

Así nació el Infierno, como la eterna morada del que alguna vez fuera el más brillante de los ángeles, condenado para siempre a la soledad y la deshonra.

Ante esta nueva afrenta, el miedo cundió entre nuestros ejércitos y muchos huimos en todas las direcciones de este polvoriento globo llamado Tierra, ocultándonos de nuestro invencible enemigo, temerosos de correr la misma suerte que Lucifer. Sin embargo, en nuestro vagar por el mundo terrenal, nos dimos cuenta de que los hombres habían comenzado a tener fe en nosotros, que poco a poco comenzaban a pronunciar nuestros nombres con una fascinación culpable.

Y entonces supimos de la existencia de Lilith, la desterrada. La primera mortal en oponerse a los designios de Él, siendo expulsada del Edén mucho antes de que Lucifer engañara a Eva; condenada a vagar solitaria sin un hogar, sin nadie con quien compartir su amargo destino, pero orgullosa de no haber permitido que Adán la considerara un ser inferior. De no haber dejado que él la montara como a un animal cuando se les fue ordenado procrear.

Y Belcebú, el segundo al mando tras nuestro apresado líder, le ofreció un trato que ella no pudo ignorar: la inmortalidad a nuestro lado a cambio de abrirnos por completo la entrada al mundo de los hombres.

De este modo, Lilith usó su seductora voz y sus encantos carnales para atraer a los mortales hacia nosotros, prometiéndoles sus más oscuros deseos a cambio de una absoluta lealtad. Y la fe de estos hombres comenzó a darnos fuerzas.

Lentamente empezamos a reagruparnos bajo el mando de Belcebú. De nuevo los reyes reunimos a nuestras legiones dispersas y otra vez estuvimos dispuestos a luchar sin importar las consecuencias, y a liberar a Lucifer para ascender todos juntos a reconquistar nuestro reino.

Pero Él, temeroso de que esta vez venciéramos a su Hijo, envió a todas sus huestes en nuestra contra, incluyendo a su Primogénito y al Paráclito, arrasando con nuestros ejércitos antes de que estuviéramos listos para pelear.

Entonces perdimos a Belcebú y muchos otros, los que fueron enviados al Infierno o simplemente desaparecieron al ser despojados de su esencia vital por el Espíritu de Dios, disminuyendo enormemente nuestro número.

Y el Hijo nos maldijo prohibiéndonos para siempre la entrada al Paraíso, nuestro legítimo hogar, haciendo que los mortales nos teman y nos llamen demonios, quitándole a Lilith su belleza natural para que no pudiera tentar a ningún otro hombre y despojándonos a los reyes de nuestras coronas.

Obligados a deambular por un mundo que ahora nos odiaba y nos temía, sin poder ser vistos ni escuchados, sin la capacidad de reagruparnos ni recuperar nuestras fuerzas, los que quedamos en pie fuimos testigos de cómo la humanidad veneraba ciegamente al Padre y al Primogénito que sería su Salvador, el que los pondría para siempre a resguardo del mal que nosotros pudiéramos causarles, si eran fieles al Todo Poderoso y seguían el camino que sus ángeles les mostraban. Vimos cómo esas criaturas insignificantes escupían con desprecio sobre nuestros nombres y nos maldecían, pidiendo protección a sus "ángeles de la guarda" para no caer en la tentación y alejarse del mal que nosotros representábamos.

Pero lo que realmente nos indignó y llenó de furia fue que se les ofreciera a los mortales la entrada al Paraíso, mientras que nosotros éramos condenados a errar en este asqueroso lugar.

Eso hizo que prosiguiéramos nuestra lucha, silenciosa y sigilosamente. Descubrimos que podíamos ser escuchados por los mortales si les hablábamos a los oídos, susurrándoles nuestras intenciones y deseos, infiltrándonos en sus mentes y corazones para obligarles a cumplir nuestros designios y así lograr apartarlos de Él, llevándolos a cometer las más despreciables atrocidades contra sus pares. Matar, abusar, robar, a eso los obligábamos para demostrarle al Creador que sus tan preciados hijos fácilmente eran llevados al lado oscuro con sólo una suave incitación.

Despertamos en ellos la inteligencia de usar sus armas no sólo para cazar si no que también para lastimar y así comenzaron a volverse cada vez más irascibles, dispuestos a apuntar sus lanzas y flechas contra sus semejantes sin el menor remordimiento. Abrimos sus ojos para enseñarles el camino de la guerra y la habilidad de hacer evolucionar sus capacidades asesinas.

Encendimos en sus corazones el hambre de la carne y los más profundos y depravados deseos salieron a flote, convirtiéndolos en monstruos gobernados por sus propias lívidos.

Comenzamos a poseer cuerpos, a lastimarlos y degradarlos para demostrar nuestro desprecio por la humanidad.

Y entonces nos dimos cuenta de que el terror nos daba casi tanto poder como la fe. Ya no necesitábamos que oraran y se encomendaran a nosotros. Sólo con que tuvieran la certeza de que existíamos y supieran las cosas que podíamos hacerles bastaba para que lentamente fuéramos recuperando nuestras fuerzas. Aunque seguíamos sin ser capaces de enfrentar a los ángeles enviados por Él o en su Nombre. O incluso sin poder enfrentarnos a los mortales que recibían la gracia del Señor.

Pero la guerra continuaba y esta vez no había nada que nos hiciera darnos por vencidos.

Hasta que apareció Sara.

Ahora veo con claridad que Él la creó con el único propósito de ponerla en mi camino. Sin embargo en el instante en que la vi, no pude razonar y todo pensamiento frío y lógico desapareció de mí.

Vagaba por el país de los medos, sobre un pueblo llamado Ecbátana, buscando un alma lo suficientemente débil como para corromperla hasta que, al entrar a una casa, me topé con los enormes y expresivos ojos negros de aquella muchacha y pude ver su alma, un alma tan pura como el más cristalino riachuelo que baja de las montañas. Ella apenas tenía 14 años, pero su rostro denotaba una majestuosidad en sus facciones que me cautivó de inmediato. Sus gestos, la gracilidad de sus movimientos, daban la apariencia de que danzara a través del viento, flotando sobre el suelo.

La desee de inmediato, no sólo poseerla como a los otros humanos a los que había despojado de su alma para transformarlos en unas simples marionetas. No. A ella deseaba tenerla sólo para mí, completa como estaba, con su alma unida a su cuerpo como el hermoso conjunto de belleza y perfección que era.

Pero en su corazón ardía con fuerzas un sentimiento similar hacia otro mortal. Uno con el que ella estaba comprometida para casarse apenas cumpliera los 15 años, al cabo de tan sólo dos días.

Un mortal al que odié de inmediato. Sobre todo porque su nombre era Uriel, tal como el de uno de nuestros principales enemigos.

Hice lo posible por acercarme a esta muchacha, pero no podía más que susurrarle al oído palabras entre el viento, las que debido a la maldición que el Hijo arrojó sobre nosotros, llegaban a ella como pesadillas y temores.

De todos modos, me propuse encontrar la manera de comunicarme con Sara. Sabía que otros ángeles ya antes se habían unido a mujeres mortales, engendrando una magnifica descendencia, la que fue condenada y exterminada por la furia del Padre, por el simple hecho de no haber sido creada bajo su consentimiento.

Sin embargo, todo lo que yo intentaba no conseguía más que asustarla. Maldije al Hijo por convertirnos en indeseables ante la humanidad, por no permitirnos acercarnos a ellos más que sólo para hacerles daño.

Pero yo no quería dañar a Sara.

De esa manera, y ante mi impotencia, llegó el día en que ambos jóvenes se casaron. Con rabia fui testigo del amor y el deseo que llameaba en sus corazones, mientras soportaban con impaciencia las formalidades y el protocolo de la celebración de su boda, pensando únicamente el uno en el otro y ansiando al fin poseerse libremente y sin ataduras.

Ya tarde en la noche, cuando la fiesta llegó a su fin y la pareja pudo dirigirse a sus aposentos, debí tolerar cómo se miraban, cómo se hablaban y reían nerviosamente ante la excitación de verse solos.

Vi a aquel humano alzarla en sus brazos y llevarla al lecho que compartirían por primera vez. Lo vi dejarla con delicadeza sobre las mantas. Sentí sus respiraciones agitadas mientras se desvestían envueltos en su propia pasión.

Y no pude tolerarlo más.

Cuando él se recostó sobre Sara, besándola con frenesí y buscando su húmedo sexo por primera vez, me acerqué a ellos preso de la más profunda e incontrolable ira que jamás haya sentido. Sin darme cuenta, tomé forma física y con mis manos agarré la cabeza del humano, tirando con fuerza hacia atrás, en medio de un crepitar de huesos y músculos, mientras se rompía su cuello y lanzaba su cuerpo contra una pared.

Cegado por la rabia, vi caer sin vida a Uriel, observando con placer la sangre que brotaba de su carne abierta, manchando el piso a su alrededor.

Excitado, volteé hacia la muchacha y sólo entonces, al contemplar el terror en sus ojos mientras mi imagen se reflejaba en ellos, fui consciente de que Sara podía verme.

La imagen de un ser enorme, envuelto en llamas rojizas que la observaba amenazadoramente. Era así cómo ella me veía.

-No temas, Sara -escuché a mi propia voz rugir en la habitación y me di cuenta de que incluso las palabras que pronunciábamos eran aterradoras para los mortales-, jamás te haría daño.

Sin embargo, la muchacha fue incapaz de soportar mi presencia y presa del más primitivo pavor, cayó hacia atrás, desmayada sobre la cama, sin siquiera proferir un grito.

Me quedé ahí un instante, observando el cuerpo desnudo de Sara, viendo a través de su carne como su alma se partía en dos y perdía el brillo alegre con el que había nacido.

Sin proponérmelo, me enamoré súbitamente de una mortal y de la misma manera acababa de destrozar su cordura y también su corazón. Acababa de destruir la única alma por la que había sentido algo más que odio o miedo desde que fuimos arrojados del Paraíso.

En medio de mis cavilaciones, Rafael se materializó en la habitación, justo frente a mí, extendiendo sus alas de plata para alejarme de Sara, mientras blandía su espada celestial ante mi rostro. Apenas noté el fulgor dorado que manaba de su brillante armadura y mucho menos presté atención al conjuro que pronunciaba contra mí.

Mis pensamientos seguían fijos en el momento en que los negros ojos de la muchacha se clavaban en los míos y cambiaban su alegre expresión de felicidad por el opaco brillo de la locura.

No opuse ninguna resistencia cuando el poder de Rafael me apresaba y sacaba de esa casa, volando entre su cántico mientras las cadenas del Señor se enrollaban en mí, quemándome y haciéndome cada vez más pequeño, aunque apenas podía sentir el dolor.

Así fui enviado al Alto Egipto, apresado en el insignificante cuerpo de una serpiente que Gabriel en persona condenó a vivir en una gruta de la olvidada ciudad de Saata.

Y mi historia y la de Sara fueron manipuladas para aumentar el temor hacia los demonios y el apego a Él. Con el paso del tiempo, se dijo que maté a 7 jóvenes que se casaron con ella, antes de que pudieran consumar el matrimonio. Se cuenta que Rafael tomó el cuerpo de un mortal llamado Azarías para acompañar por designio divino a un joven de nombre Tobías hasta Ecbátana y desposar a Sara, expulsando al demonio que la atormentaba.

Así nació mi historia entre los mortales, ligándome a lo que ellos llaman el "pecado de la lujuria".

Desde entonces se me ha conocido con muchos nombres.

Soy el símbolo del deseo carnal,  el símbolo del pecado de la carne.

Soy Asmodeo.